Archivo de la categoría: Historias de y para un día cualquiera.

En la guerra y en el amor, todo vale.

Por Marta Torralba.

Yo soy una de esas personas que creen que la palabra “corazón” es sólo un aumentativo de la palabra “coraza”.
Yo, que suelo hablar del amor; y que raro es el día que no escribo alejandrinos sobre sentimientos o pasiones.
Yo, que voy de Góngora en mis ratos libres, y de Lorca cuando quiero parecer interesante.
Yo, que me regocijo en las palabras bonitas y los textos azucarados, pienso que “corazón” viene de “coraza”.

SEGURO.

Yo creo que el amor siempre es guerra.
Tú, sin embargo, piensas que el amor sólo es paz.
Tú, que vas de frente y a pecho descubierto a una batalla segura.
Tú, que de vez en cuando piensas que nada puede romper dos corazones que encajan, porque, al encajar, se convierten en uno solo.
¿No te has dado cuenta que el corazón “bombea”? Bien, ya tenemos la coraza y las bombas. Demasiados términos bélicos para una paz tan fácil en tus dominios,¿no?
Tú hablas de lo bonito que es el amor, y yo te pregunto: ¿a caso no nos emboba el fuego? ¿No es bonito? En las guerras siempre hay fuego, cariño.
A eso tengo que añadir aquello de que cuando quieres a alguien, lo tienes que conquistar. Y¿cómo se conquista algo que no es tuyo?  Con una guerra.En estos casos hay que sacar la artilleria pesada, porque si no ganas la guerra no alcanzas la gloria.

Y hablando de alcanzar la gloria, hemos encontrado dos caminos paralelos:Yo soy más de hacer la guerra, y tú sin duda prefieres “hacer el amor” Pero bueno, que nadie dijo que las guerras sean malas, y, menos, si son pasionales.

Y se te va a escapar una sonrisa de la trinchera con este último argumento,que me va a dar la razón; porque aunque tú vayas ganándome la guerra, yo pienso ganar esta batalla:

No soy yo quien muerde y araña cuando “hace el amor”.

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Búscate otro perro que te ladre, princesa.

Por Natalia del Rosal.
Fotografía: Marta Torralba.

Él, el tiovivo que sigue dando vueltas en aquella película. Y tú, la nicotina disfrazada de flan, que se coló en sus pulmones y no le dejaba respirar.

Ya no le gustan los perros, los del hortelano, por supuesto.

Recogiste frases y fotos, todo lo que os definía, y, hoy por hoy, creo que todo lo que os unía. Decidiste guardar todo en una caja y se la regalaste. Eso es lo que quieres… guardar todo en cajas, cerrándolas, esperando que sea él quien las abra, pero, ¿sabes ? Él ya no quiere abrirlas más. Ya no quiere más cajas regaladas. Ya no quiere sentimientos en cajas. Ya no te quiere a ti.

Te inventaste unas normas para luego saltártelas. Él supo todo, supo que tus juegos no le llevaban a ningún lado. Pero no supo alejarse de ti cuando te acercabas.

Resultado de tu hazaña: Resaca emocional y anorexia afectiva hacia ti por todos los síes, noes, idas y venidas que le han mareado tanto que han acabado por vomitarte encima de tu abrigo nuevo.

De octubre a octubre ha habido 365 días, y tú te has ido con ellos y sin él.

De ombligo a ombligo.

“Mañana te llamaré y hablaremos. Ahora no tengo ganas. Y no pienso volver a hacer en mi vida nada sin tener ganas. Buenas noches.”  Nubosidad variable, Carmen Martín Gaite, 1992.

A de albornoz, de la forma que hace mi boca cuando dices que albornoz es tu palabra favorita del diccionario, que la asocias con las primeras horas del día, con abrazos llenos de legañas. Sábados mirando al mar desde tu futura casa de Formentera. Me encanta oírte hablar de esa isla. Dices que necesitas el mar, que Madrid te está contaminando, pero que no cambiarías, ni por todos los mares del mundo, las noches de mayo en la Plaza de Santa Ana o el sentarte en la Gran Vía observando a la gente pasar. Y yo te aseguro que el Mediterráneo no se ve desde los tejados de Madrid, que sus atardeceres son rojos e inspiraron a Serrat, y que a mí me encantaría ver uno de los faros de esa isla justo debajo de tus pestañas.

Dices también que quieres estar toda la vida en albornoz, y dando abrazos grandes. Me explicas que un abrazo tiene el tamaño de la persona a la que rodeamos con los brazos, y que por eso quieres abrazar a personas grandes, inmensas, de las que te enganchan por el ombligo, para no sentirte tan lejos de ese mar que quieres ver de cerca.

Me repites que las drogas se convierten en drogas cuando del quiero pasamos al necesito. Y que tú ya no necesitas drogas, que tú sólo quieres descubrir ombligos grandes e inmensos, porque cuando los abrazas sientes las mismas ganas de bailar que cuando suenan Los Beatles en el Ochoymedio.

Sacas del servilletero un papel y me pides un bolígrafo, y dibujas cuadrados y rectángulos, y les pones nombre. Salón, dormitorio y cuarto de baño. Balcón. El balcón lo ocupa todo. Por eso creo que tú y yo nos llevamos bien, por lo del balcón.

Escrito por Sofía Caballero Jiménez.

Me encanta verte sonreír.

– Al final te enfadarás conmigo por lo tonto que soy. Pero es que tengo un problema.

– ¿Cuál?

– Que me encanta verte sonreír.

Ella se quedó muda, sin saber qué decir.

Simplemente su cara expresaba todo lo necesario en aquel momento, cuando comenzó a dibujarse una enorme y preciosa sonrisa en su cara, dejando ver su lado más dulce a la vez que incoherente. Incoherente por no saber si aquello era arriesgar demasiado, dejarse llevar donde quizá no debería, atreverse a cruzar esa línea  que nos imponemos nosotros mismos cuando no sabemos qué hacer; la misma línea que se confunde con la del miedo. El miedo que hace que te pares al menos un segundo para contar lo que has tenido hasta ahora, y lo que tienes a partir de ahí…

 Pero  algo, en ese mismo  instante, hizo que ella se  parase a pensar, qué hacía  contando. Se dio cuenta de  que eso no era lo suyo. Lo  suyo no iba de contar, lo suyo  iba de arriesgar, de dejarse  llevar, de cruzar esa línea las  veces que haga falta. Porque  su cabeza sólo se pondría a  pensar y contar las veces que  cruzó esa línea, y no las cosas  que tuvo, tiene y      tendrá. Porque ella quería otra cosa, ella quería olvidarse de contar a su lado.

Escrito por Natalia del Rosal.

Fotografía de Blanca Sansans.

Sólo somos música.

Estoy en el metro, hay un ruso tocando el violin; y él no sabe que hoy puede ser la canción de tu vida.

Cuando nacemos, lo primero que ocurre es que nos dan un azote en el culo para que cantemos; y morimos acompañados por una máquina que emite un pitido continuo,indicando que nuestro corazón ya no late.Como una base de beatbox.
Supongo,que solo somos música,y que nuestro cuerpo es como la carátula de nuestros greatest hits.

Vivimos enseñando una carátula maquillada, para vender más al público, aunque a mí lo que más me gusta es lo que sólo se puede ver cuando ya has comprado el CD.  Lo abres y te encuentras canciones de millones de estilos diferentes. La de tu primer beso; la del mejor bocata de tortilla, sí, el de Salou; el dia que te disfrazaste de Patricio o el día que te casaste por quinta vez.

Al final sólo somos música, cadenas de ADN tatuadas con el rotulador de las canciones de nuestra vida. Las bonitas,con permanente; las feas con un Carioca, para intentar borrarlas; aunque esas son las típicas que no te dejan dormir porque tienes el ritmillo en la mente y no paras de cantarlas involuntariamente.

Y aquí estoy yo, sumando una canción más a este gran álbum de temazos.. Para que el día que el monitor del hospital marque mi base de beatbox alguien recuerde esta canción y diga:
-¡Ostia! ¿Esta chica no es la que compuso”Sólo somos música” en el metro?

Texto: Marta Torralba

Fotografía: Sofía Caballero

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Con velcro o con cordones.

 Como un niño con zapatos nuevos.

 “Indica que una persona está muy alegre y feliz porque ha conseguido una cosa importante.”

Lo que no dice esa definición son los estúpidos miedos que se sienten cuando tienes zapatos nuevos. Igual se ensucian, igual se arañan, igual  se rompen… y esos hechos serían tu culpa. Igual llevas demasiado tiempo andando descalzo y ya no sabes ni cómo se atan.

O igual nunca has llevado unos zapatos así. Por eso tienes que estar seguro de que son los que quieres.

Y estar seguro de que, además de aprender a atarlos, no vas a permitir que se ensucien, que se arañen, y mucho menos que se rompan.

Y yo ya estoy segura.  Así que si quieres bailamos, me pongo los zapatos y me llevas contigo.

Texto: Bea Martínez.
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Creer que el cielo en un infierno cabe.

Colocar todo en cajas. Todo está dividido en cajas. Mi escritorio, como todos los escritorios, tiene una sección a la izquierda, una columna, donde se superponen cajones, encima uno de  otro. He intentado poner siempre lo mismo en cada uno de ellos. Las cosas imprescindibles  en el primero; lo demás, en el segundo, tercero y cuarto. Pero es imposible, me es imposible. Soy imposible para el orden clásico.

O lo es él para mí. Pero es que no sólo mis cosas están en cajones, que son cajas que se esconden. Los zapatos vienen en cajas, los muebles vienen en cajas, los discos vienen en cajitas, las galletas vienen en cajas, los regalos, todos los regalos, vienen en cajas. Creamos y descubrimos cosas para esconderlas en cajas, para saber que estarán siempre ahí, en el mismo sitio, cuando las necesitemos.

Recipientes con tapa que esconden infiernos y cielos;  guerras y treguas.

De todas maneras, hay cajas que se cierran con celo, con ocho capas de celo, pegamento súper fuerte, y que no deberían de volverse a abrir para hurgar en ellas. Yo puedo decir que he revuelto varias cajas intentando buscar algún trozo de cielo en lo que ya era un infierno. Quizás lo peor de esto no sea el hecho de revolver el mismo infierno, sino no encontrar nada del cielo que había protegido y esperaba encontrar en esa caja. Rien de rien. Buscar el cielo que  he perdido, dar mil vueltas y media para volver al mismo sitio. Y entonces,  cerrarla con cuatrocientos cerrojos. No quiero abrir cajas para revivir infiernos.  No es no y todas sus consecuencias.

Lo mejor, sin duda, es encontrar cielos en donde creía que había infiernos; treguas donde daba por sentada una batalla. Et tu pensesCela est exactement ce que j´avais besoin: se laisser aller paraît trop bien pour être vrai.  Dejarse llevar suena demasiado bien. Olvidar esas cajas para no abrirlas, para no guardar nada en ellas, para vivir todo.

Le tout c´est tout, et toutes ses consequènces.  Todo es todo y todas sus consecuencias.

Fotografía: Blanca Sansans

Texto: Sofía Caballero; (Gracias a Borja Lozano por sus traducciones y por animarnos)



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Fiel compañera.

Franca, verdadera, confiada, cordial, natural, honrada, noble, seria y espontánea, leal, abierta, ingenua e inocente. Eres sincera. Tú, fiel compañera. De noche y de día. Con tu presencia das sentido a las sensaciones que invaden y abrazan. Sensaciones de tristeza, alegría, enfado, desesperación, responsabilidad, ternura, romanticismo…Haces temblar. Tan poderosa. Auténtica para guiar, una luz. Tienes un don para desafiar, creando situaciones arriesgadas. Haces soñar. Curas heridas, ayudas a la vida. Lágrimas y sonrisas. Te abres camino a través de la inspiración, espada de doble filo que crea y vuela. Hablas a través de notas, silencios, claves, creando compases. Tienes ritmo y melodía. Vuelas por voces, unidas en una. Fiel compañera, inmortal. Música.Texto: Natalia del Rosal.

Imagen: fotograma de la película  Almost famous.

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Cimientos y cemento.

Podría recurrir al tópico. No sé cómo empezar, y así, sin quererlo, hacerlo y cumplir con mi ignorante objetivo. Anulemos esa palabra, ignorante. Me gusta más inocente, involuntario. Inadecuado, inútil, insano, inmaduro, insorportable… Lo cierto es que estas últimas ya no me agradan tanto. Bien, veamos, inocente es la más adecuada, útil, sana, madura  y, no tiene por qué, pero es soportable.

Soportando la introducción, empiezan los pilares de una casa. Aunque la primera capa de cemento y los cimientos se improvisen. Nuestro arquitecto está, sigue de vacaciones, pero podemos solos. Una casa con ventanales que den al mar, o a la montaña. Mi casa tendrá dos balcones, de estos pequeños, como los de las casas de la Latina, minúsculos, pero que cuando los abra, crea que el suelo de esa mediocre terraza se desenrolla como una alfombra y llega hasta donde mis ojos cedan.

“Yo le digo que sí, que todo en el fondo es cuestión de palabras, de combinarlas, de jugar con ellas, es lo que tiene la literatura. “ Carmen Martín Gaite (Nubosidad Variable, 1992)

Texto: Sofía Caballero-

Fotografía: Marta Torralba.

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